Durante el tiempo en el que la Polis constituyó la comunidad política y natural que, por ende, vinculaba a los individuos entre sí mediante un Nomos y un fuerte sentido de pertenencia a una entidad en la que estaban presente los dioses, como referentes de unión y cohesión, al igual que el sistema democrático, el humano -que fue el prefacio del individuo  occidental-  no se preguntó por el sentido sino, en su lugar, por aquello que era propio de su naturaleza política: el bien, la justicia, …

El proceso de descomposición de las polis griegas, en especial Atenas, por razones históricas, dejó paulatinamente a la intemperie a un individuo que se había concebido como integrado en un todo que le proporcionaba identidad. Este desamparo político -de la Polis como útero materno- que se manifestó en la nueva fisonomía de las instituciones y el cambio social y económico de las ciudades, generó nuevas necesidades en los individuos que sentían por primera vez la soledad del que no tiene cobijo, ni entidad de pertenencia a nada.

A estas nuevas necesidades respondieron una serie de prácticas filosóficas que asumieron como propia la tarea de ser la nueva manera de estar del hombre en el mundo. Un mundo que había perdido su nitidez, su claridad y que se había desmantelado disgregando inevitablemente a los individuos y segando de cuajo los lazos que les habían proporcionado una respuesta a su estar en el mundo.

El epicureísmo y en concreto el Jardín de Epicuro se gestó como una alternativa de vida a ese tránsito de lo comunitario a lo social. Esto queda patente en el momento en el que seguir las enseñanzas epicúreas era posible viviendo y perteneciendo a esa comunidad de amigos, en la que se pretendía llevar una vida regida por lo esencial y auténtico, prescindiendo de lo superfluo. Así la búsqueda de la felicidad era el propósito de la reflexión ética, alejada ya de las polis y centrada en el individuo. Una felicidad entendida como búsqueda de los placeres más elevados que eran los del alma, y evitación del dolor. A esta concepción de la felicidad es a la que en su origen se denominó hedonista, que como podemos constatar en cuanto el placer es la ausencia de dolor y el mayor placer nada tiene que ver con lo corpóreo, nada tiene que ver con el significado que hoy atribuimos a ese término, confundido totalmente con la satisfacción de placeres superfluos, y vinculados estrechamente con el consumo.

Así, leyendo el texto recopilatorio de Epicuro “sobre la felicidad” constatamos que “No se puede vivir con placer sin vivir con racionalidad, con honestidad y con justicia, ni vivir con racionalidad sin vivir con placer. Quien no posee lo que hace vivir racionalmente, con honestidad y justicia no puede vivir con placer”[1]

Es decir, solo la discriminación sobre lo que constituye un auténtico placer -ausencia de dolor- nos capacita para ser felices. No obstante, esta máxima epicúrea es imposible de ser comprendida y aplicada en nuestro contexto socioeconómico. La felicidad parece ser un horizonte inefable que inquieta a los que no carecen de bienes materiales y al servicio de la cual las capas pudientes de la sociedad disponen de vías diversas para aproximarse: mindfulness, yoga, acompañamiento de un coaching, …Aunque curiosamente todas estas prácticas se nos muestran como parches distractorios que no abordan el vacío nuclear del que huyen los individuos mejor posicionados económicamente. Para el resto de la sociedad lo urgente es la supervivencia, llegar sin muchos aprietos a cubrir los gastos del mes y rodearse de lenitivos que les permitan soportar esa existencia indeseable. Por eso puede entenderse que los medios de comunicación prioricen la noticia de la supuesta marcha de Messi del Barça, a la información sobre la pandemia y sus consecuencias que deberían ser sometidas por los periodistas con más seriedad, rigurosidad y utilidad política.

En la actualidad la industria del cuidado del bienestar individual se ha instalado como un servicio más de consumo donde el objeto de adquisición es la felicidad. Y aunque parezca que el engaño es obvio, no lo es en absoluto para los individuos que aislados unos de otros, se edifican a sí mismos como seres felices, siguiendo una serie de mantras que los encalman y protegen de los vaivenes del entorno. Decía Epicuro que: “Quienes son felices y perdurables no tienen quebraderos de cabeza, ni se los provocan a los otros, no están sometidos a indignaciones ni agradecimientos, porque este tipo de cosas son todas ellas propias de los débiles”[2] Y los débiles son, en su momento, los que carecen de subjectum y se dejan arrostrar por las inclemencias de deseos banales que no llevan a la auténtica felicidad. Hoy, los débiles seríamos tal vez todos, en la medida en la que substraerse de los embates de la sociedad es casi tan quimérico como esa felicidad inescrutable.

En síntesis, de la lectura de Epicuro nos queda la premisa inequívoca de que tan solo el discernimiento de lo que contribuye al desarrollo del individuo, y añadiríamos desde aquí, y los otros, puede considerarse una vía encaminada a una mayor felicidad. Desarrollo que significa desplegar las potencialidades que el sujeto quiere, en cuanto percibe que constituyen su mejor contribución a sí mismo y, por ende, a lo otro. Y felicidad que, insistimos, no es más que una nebulosa emotiva -mueve a, …- de la que somos incapaces de decir nada, aunque no la percibamos como una nada, si no como un estar pleno, una entelequia de la que no podemos extraer contenido alguno.

El hedonismo actual no es más que un punto de fuga para eludir las grandes cuestiones que nos inquietan. De las que preferimos prescindir, quizás porque padecemos esa debilidad de espíritu de la que hablaba Epicuro, que no nos permiten afrontar la crudeza de la realidad.

Ana de Lacalle


[1] Epicuro, Sobre la felicitat. Edicions 62,1995, pg. 23. Traducción propia del catalán

[2] Ibid, pg. 19