Roth era todo un personaje, expresión que alude a la singularidad e incluso rareza del individuo en cuestión. Vivía en una mansión heredada por la que nunca se desplazaba en su totalidad. Él argüía que su vivienda tenía un exceso de capacidad, pero en su interior latía la inseguridad de que, tal vez, en esas instancias, que no frecuentaba, permanecían los muertos de su linaje en forma de no-materia, aunque sí como almas errantes que no hallaban sosiego.

Se afanaba por olvidar ese encuadre misterioso que consideraba inútil e innecesario, más sentía punciones en el alma que no cesaban y que le inducía a dudar sobre si su estrategia de relegar y negar algún posible fenómeno que le aterraba era la más apropiada y conveniente.

En su barrio, lo consideraban un dandi que rondaba los lugares más selectos; compartía mesa con intelectuales de otros emplazamientos que acudían semanalmente a dialogar con ese sujeto todo virtud y sabiduría, en apariencia. A Roth le fascinaba ser quien era para los otros, representar ese papel que lo enaltecía y le granjeaba un trato exquisito por parte de sus conciudadanos. Esa era la vida que quería, acaso por un narcisismo desmedido que le obligaba a mirarse continuamente en el espejo que alcanzaban a ver los demás. Sus salidas eran fuente de fortalecimiento de un yo casi adulado por todos, incluido el mismo. De ahí, que las tardes las dedicara íntegramente a regodearse en la diversidad de actos sociales en los que era un contertulio de lujo.

No obstante, ya hemos mencionado ese secreto aguijoneador que se esforzaba en obviar, y como suele suceder cuando no queremos ver aquello que se nos muestra delante, un día como otro cualquiera, aconteció lo que él había postergado hasta intentar proyectarlo al infinito.

Las almas, mentes o espíritus —ya que desconocemos su naturaleza auténtica— tediosos, hastiados y, ciertamente, algo molestos con el huidizo inquilino, decidieron salir de ese espacio en el que tanto tiempo llevaban esperando un gesto de Roth y acudieron en su busca. Era una mañana nublada y que amenazaba lluvia. El tiempo soplaba con furia. Los fantasmas —simplifiquémoslo así— iniciaron su marcha con la discreción que suponemos caracteriza a los seres inmateriales. Sin que Roth se apercibiera de cuanto ocurría, se aposentaron en el suelo dibujando un semicírculo alrededor del susodicho dandi.

Súbitamente, Roth notó como algo pasaba las páginas del libro que mantenía entre sus manos. La idea de que debía ser un algo acudió a su mente porque tenía todas las puertas y ventadas bien cerradas y en ningún momento pensó que pudiera ser consecuencia del vendaval. Además, no era un movimiento de páginas desordenado y abrupto, sino pausado y elegante; fue eso lo que le hizo pensar que alguien más estaba leyendo el libro con él. Empezó a temblar cada vez con un ritmo cardiaco más acelerado, sentía un fuego que parecía provenir de la tensión sanguínea, hasta que voceó un grito quebrado, se levantó bruscamente y lanzó el libro al otro lado del salón.

Hallándose en ese estado de pánico casi catatónico le pareció observar cómo el libro se elevaba por los aires, con movimientos firmes y seguros, y se aposentaba en sus manos por la página que él estaba leyendo antes de ese paranormal suceso. Sin osar mover su cabeza, bajó la mirada y leyó para sí: “los seres de ultratumba no desean ser olvidados, su vida fue su huella en este mundo que debe ser conservada, al menos, como el rastro de su existir.  Sino sería un tránsito vano y fútil por este mundo de padecimientos. Su mayor recompensa es el recuerdo.”

Obviamente esta lectura solo contribuyo a acentuar su pánico porque se desató en su mente la convicción de que esos seres encerrados en aquel apartado de la casa habían traspasado las puertas, y estaban leyéndole estas letras, aunque fuese él mismo quien las resiguiera con la vista. Notó como una mano se posó en su hombro, y aunque miró aterrado no supo ver nada; pero simultáneamente a esa sensación, las hojas del libro empezaron a pasar velozmente hasta detenerse de repente. Volvió a bajar la mirada, sin mover un ápice de su cuerpo y leyó: “Solo necesitamos tu recuerdo, no tu indiferencia, pues esta es señal de tu desagradecimiento por cuanto has obtenido de los que te precedieron”.

Histérico, porque nada de cuanto sucedía podía ser azar, corrió hacia las instancias prohibidas, encendiendo luces y abriendo puertas, apurando su agitada respiración. Tras ese intento de satisfacer las demandas de los fantasmas, recuperó fotografías de sus antepasados, y familiares más próximos fallecidos, y fue decorando estantes y muebles con las fotos de todos ellos. Asimismo, fue ornamentando con plantas y flores que recogió de otros lugares de la casa y ambientó toda la mansión con música clásica, en concreto optó por Bach, o tal vez fue lo primero que halló.

Tras eso, y ante su renovado asombro, el libro quedó cerrado y en reposo en el sofá en el que él se hallaba sentado antes de extraño suceso, dejó de notar ningún contacto corporal con alguien que no podía ver, y pareció que la casa se llenaba de una vida especial, inefable; Incluso, notaba como se filtraba por sus sensores emocionales y le proporcionaba regocijo y paz. Empezó a sentirse poca cosa, un punto perdido en un haz de luz cegadora, y esta experiencia marcó un antes y un después en su vida.

A partir de entonces vistió ropas guardadas, releyó diarios de sus antepasados próximos y lejanos y sintió que nunca más viviría solo. La gente del pueblo percibió un cambio ostensible en el comportamiento del sujeto que dejó de actuar como un dandi, frecuentando cualquier taberna, o comercio del barrio y entablando conversaciones con cualquier persona. Su narcisismo aristocrático parecía haber desaparecido y Roth se convirtió en un humano más entre los humanos. Acaso porque entendiera que todo individuo merece respeto y consideración y nadie es inferior a otro, tal y como él lo había creído anteriormente.

Se acordó de la frase del poeta que rezaba que la muerte nos iguala a todos, y pensó que la vida de ultratumba nos pone a cada uno en ese lugar de semejanza con los otros, ese que él había desdeñado y menospreciado hasta convertirse en un ser algo inhumano. Paradójicamente fueron los muertos los que le retornaron a la vida.