¿Quién define los caminos transitables y los intransitables? Aquellos por los que puede desplazarse el individuo, sin temer ser excluido por anómalo, o, por el contrario, esas sendas escabrosas y pedregosas que desgastan la energía de quien las surca por des-viado —fuera de la vía ortodoxa. Las respuestas siempre se han situado, otorgando esta función normalizadora, a las estructuras sociales, económicas y de poder —entre ellas las instituciones eclesiásticas derivadas del cristianismo en occidente—. Hasta aquí, nada nuevo en el horizonte que muchos y grandes pensadores críticos no hayan desentrañado con su tarea de desenmascaramiento y posterior desconstrucción de esas redes alienantes.

Mas, la consecuencia de estos esfuerzos mencionados me sugiere la cuestión de si no se está realizando, entre quien deconstruye y tras ello quien se propone reconstruir, una sustitución de un tipo de urdimbre más sutil, escurridiza por aparentar una mayor elasticidad que deriva en un sometimiento del individuo de otro tipo, menos consciente y, por ende, más eficaz, que nos inocula la falsa conciencia de la libertad. Esta como expresión subjetiva de identidades, formas de vida, mayor desinhibición de deseos,…Obviamente la estrategia puede resultar impecable, porque situamos como núcleo de lo urgente y problemático la cuestión de la identidad de sujeto; menoscabando la perentoriedad de lo que serían las condiciones de vida, que hablan de esta, como algo habitable —aquí se trastabilla en algún momento Judith Butler, al reconducir y casi centrar su atención en un aspecto único de esas condiciones de existencia irrenunciables—

Porque ¿Qué es una vida habitable? Podemos sugerir aquella en la que el individuo puede descansar, siendo quien es, sin la coerción y la presión de un deber ser implícito y aceptado socialmente. Pero esta fase en la que podríamos afirmar que el individuo se subjetiva, se erige en sujeto, exige como condiciones previas y necesarias otras de naturaleza material, sin las que ni existir es posible.

Según un informe de la ONU del Programa Mundial de alimentos de 2019:

En un mundo en el cual producimos suficiente comida como para alimentar a todas las personas, 690 millones de ellas siguen yéndose a dormir con el estómago vacío todas las noches. En 2019, la inseguridad alimentaria aguda afectaba a 135 millones de personas en 55 países. Es más, una de cada tres sufre alguna forma de malnutrición[1].

Respecto de una población total de 7.700 millones que supone alrededor de un 9%. Pero fijémonos que no hablamos de situaciones de pobreza para el que deberían utilizarse una diversidad de indicadores, sino de personas que no ingieren nada en todo el día “con el estómago vacío”. Intentando afinar más, en lo que serían situaciones de pobreza, según Intermon Oxfam[2] 3 400 millones de personas (casi la mitad de la humanidad) rozan la pobreza extrema y viven con menos de 5,50 dólares al día.

Este paréntesis estadístico, tras el cual no debemos olvidar nunca que hay una persona y otra, hasta las cifras mencionadas, intenta mostrar que cuando problematizamos qué es una vida habitable, estamos quizás ignorando —porque seguimos sometidos a los patrones de las sociedades occidentales más desarrolladas y donde el capitalismo impone sus reglas— esas exigencias humanitarias mínimas al menos para la mitad de la población mundial, que probablemente no tienen demasiado espacio mental para cuestionarse su identidad, su desarrollo como humanos.

Habrá quien pueda objetar que una cuestión no tiene nada que ver con la otra. Discrepo, totalmente. Porque la exigencia de condiciones de una vida que pueda ser vivida debe partir de lo más urgente, que es la supervivencia, porque sino, no hay existencia sobre la que cuestionarse nada. Si nos dejamos arrostrar por situaciones que son problemáticas, diversas y que funcionan como tapaderas de los problemas más acuciantes que son los que nos permiten sobrevivir a la humanidad, no a una minoría privilegiada —fijémonos que el dato de que casi la mitad de la población vive en la pobreza hace referencia a pobreza extrema— ¿No estaremos considerándonos críticos avezados, cuando acaso no seamos más que marionetas dialogando sobre lo que al sistema global capitalista le conviene que nos ocupemos?

Acotando aún más. Mi voluntad es destacar que las situaciones inhumanas más espeluznantes siguen siendo las relativas a la acumulación de la riqueza y el despojo de toda posibilidad de salir de esa situación de exclusión mundial de una existencia en condiciones dignas. Eso no debe invisibilizar las problemáticas que vulneran derechos de otro tipo en países más ricos, pero en la medida en que la riqueza y el poder están intrínsicamente adosados, lo prioritario se convierte para los que tienen la posibilidad, porque disponen del poder y dirigen la economía, de ponderar la gravedad de las cuestiones de manera injusta, en comparación con situaciones de extrema urgencia humanitaria.

Sobre lo que interroga este artículo es ¿en quién pensamos cuando hablamos de vidas habitables? Recordando que hay muchos humanos que están absolutamente cosificados, son números que nos dejan ya indiferentes en un cúmulo de estadísticas, que no tienen ni tan solo una existencia humana ¿Cómo van a plantearse qué sería la VIDA?

Nos arrogamos la capacidad de descubrir los hilos enhebrados que urden el sistema, y no somos más que una hebra inconsciente de lo auténticamente prioritario.


[1] https://es.wfp.org/hambre-cero

[2] https://www.oxfamintermon.org/es/inmovilidad-social-condena-pobreza